Oración

Tú, que habitaste el universo obscuro,
claro y visible entonces, poco ahora,
fuego virtuoso incorruptible orgullo,
cuerpo divino o de mortal que formas.

Tú, natural o arcángel, gloria y lucha,
sea lo que seáis, tu libertad,
vida y rescate, salvación o jaula,
vuestro poder, solemne espiritual.

Tú, quien robó al inicio las lumbreras,
la nieve, el hielo en lo supramundano,
en tu pasión y en tu arrogancia en tanto,
te observo en los dolores de mis sendas.

¡Lo siento!, mi oración elemental
logró se marchitara en parte el cielo,
ese que está en mi cabecera en velo,
donde se fue fluyendo mi astro anual.

Yo te pregunto cuando se oscurece,
cuando ya esté completamente oscuro
y ya no pueda ver de cerca el muro,
ni la ventana abierta que iludiese.

Y no tu gracia, no tu honor: el rumbo,
destino de la tierra queda atrás,
si no mi estancia y su fragilidad,
insustancial la suerte de este mundo.

¿Por qué me enamoré de sus facciones,
con toda la imprudencia de mi bruma,
con toda mi intuición y la locura
que mi visión y mi ceguera escogen?

La débil cama, dos precarias sillas,
luz de mi lámpara y el ocaso diario,
la jarra y la pintura de las ninfas
siguen lo bello del etéreo prado.

Estaba en mis paredes amarillas,
siendo el secreto mío, mi tristeza,
melancolía del vacío y celdas,
todos los días que el invierno diga.

Aquí se mezclan, en la espera diaria,
mi mesa con un codo y mi cuaderno.
Junto al fugaz paisaje, va un desierto,
mi alma alegre, feliz y atormentada.

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