El coche de otra persona

Esta máquina ajena es una bestia
me la dio por pequeña un camarada,
y fue perfecto para mí este Lada,
aunque sentí su pena y su molestia.

Alguien la condenó a rutina diaria,
pues, habiendo cobrado propia vida,
y siendo más viviente y renacida,
sufrió, quedando yo su cesionaria.

Se rebeló la bestia, fastidiada,
indómito animal trabó el volante,
me rechazó el sufijo tan pedante
del conducir a conductora hornada.

Cual alienígena de rumbo extraño
cambió mi letra como poseída,
un alma rara en firme arremetida,
fortaleciendo el pulso y su tamaño.

He soportado buenas injusticias,
así, ya han trastocado mi destino:
desear que mi verbo fuera fino,
mejor que lo mostrado en mis pericias.

Hasta que sientas bella sencillez,
la esencia de lo simple en mi decir,
mis palabras serán hazmerreír,
¿por qué escribir, leerlas otra vez?

No elegiré palabras sin saber
con un vulgar exceso del desierto,
pero escuchando todo lo que es cierto,
solo me queda el énfasis, doler.

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